Crónica de un secuestro 


Alejandra Serna Sánchez 


Mobirise

Rubén subía a su carro como de costumbre, una mañana fría con un sol que asomaba tímido entre las nubes y el Nevado del Ruiz. Así acomodando su chaqueta, revisando traer consigo sus papeles y su billetera con un suave palpar, sobre su bolsillo trasero, seguido, dio un tierno, pero corto beso a su esposa, y entonces manejó de camino a su trabajo.
Era un jueves en la mañana, las calles aún sin pavimentar en su totalidad, hacían temblar la carrocería de aquel Renault 9 blanco. Llegó a su trabajo, se reunió con sus jefes, y allí se concluyó: el trabajo esta vez es escoltar un par de mulas con café, en dirección a Santa Marta. Mientras escuchaba las indicaciones, su mente divagaba un poco en lo arriesgado que sería este viaje, el cual había obtenido por medio de su padre quien era Jubilado de la policía y que aún tenía conexiones con una empresa de escoltas y así había llegado hasta ese lugar; luego pensó que sería como los otros viajes, en los cuales regresaba a darle unos anhelados abrazos a sus tres pequeños hijos.
Ese jueves desde Chinchiná, donde se saca el café excelso, el que se exporta para Chile, China, Europa, [ustedes saben que aquí nos tomamos la pasilla y al resto le exportan lo bueno]. Salieron cuatro escoltas y él al volante, dos mulas, cada una con treinta y cinco toneladas de café excelso de exportación para el puerto de Santa Marta, de ahí su viaje seguía hacia China.
El Renault sudaba de frío, las gotas bajaban entre las ventanas y en la placa (MAL 244), la idea según el jefe de seguridad, era quedarse en Padua a pasar la noche, su viaje desde las ocho de la mañana los tenía exhaustos, la lucha entre escasez de visibilidad con nubes espesas y grandes como cumulonimbos y el frío los hacía cumplir las órdenes.
Ya eran las cuatro de la mañana, se alistaban para continuar el viaje y así llegar al puerto en la tarde, pero el estimado por las condiciones climáticas era sobre las ocho de la noche.
Emprendieron el viaje, cada mula llevaba un escolta en la cabina acompañando al conductor, Rubén en su Renault a la cola del viaje. En el carro y de copiloto, iba el jefe de escoltas y sentado detrás de este personaje había un escolta más, estos dos últimos preparados con sus armas, sostenidas con la mano y recostándolas de medio lado sobre el regazo de sus piernas.  

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