Un robot me pregunta si tengo cáncer

Diana Karolina Murrillo Duque

Que en tiempos de cuarentena obligatoria la gente se quede sin atención de salud no es una opción. El cáncer no desaparece y los asmáticos siguen asfixiándose durante el confinamiento. ¿Cómo tratarlos sin tocarlos? ¿Es la telemedicina una solución innovadora o una respuesta efectista ante la contingencia mundial? ¿Cuál es el panorama en Latinoamérica, una región donde solo el 45,5% de los hogares tiene conexión de banda ancha?

El robot que responde el chat de WhatsApp de la EPS SURA hace muchas preguntas: que si tienes problemas respiratorios, enfermedades autoinmunes, presión arterial alta, diabetes o cáncer. Y responde como pocas personas: rápido y con buena ortografía. Saluda como si se alegrara de leerte. Dice “¡Hola!”, feliz, con signos de exclamación. Te da la bienvenida e indica que presiones un número de acuerdo con la ayuda que necesites: 1) para servicios relacionados con COVID-19, 2) para acceder a programas de la EPS, 3) para hacer trámites, 4) para solicitar una clave y 5) para despedirse y cerrar el chat.

El robot ofrece además acceso a programas especiales por enfermedades crónicas como el asma, problemas de salud visual, telemedicina priorizada, medicina laboral, solicitud de citas, confirmación de teleconsultas asignadas y cancelación de estas. Reduce el mapa de Colombia a tres ciudades cuando pregunta si vives en Bogotá, Cali o Medellín. Y las preguntas sobre los síntomas o enfermedades previas se basan en un algoritmo sencillo: hace una pregunta cerrada y propone dos opciones de respuesta: la tecla “1” para el sí y la “2” para el no. De la respuesta depende la siguiente pregunta. Y así se va hasta que desconfía y te dice que agradece tu espera en línea, pero que esperes un poco más, que va a “realizar la validación de la información registrada en su base de datos”. Es decir, te hace preguntas no para saber qué tanto te duele la cabeza, sino para verificar si mientes o dices la verdad, porque él, gracias a sus datos, ya tiene la respuesta. Ya te conoce.

La telemedicina no es un invento de la pandemia. Su historia es tan vieja como la de la telegrafía y la radio. En la actualidad, las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) han sido determinantes para su desarrollo.

En Colombia, desde 1986 y a partir de la Ley 100 que dio origen a las Entidades Promotoras de Salud (EPS), se ha investigado sobre el tema. Según Carlos Alberto Palacio Acosta, médico especialista en psiquiatría con maestría en epidemiología y decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de

Antioquia, “la telesalud se ha estado desarrollando en el país durante los últimos 10 años bajo el liderazgo del Ministerio de Salud y nuestra facultad. La pandemia ha mostrado su utilidad”.

Y es que el cáncer no desaparece y los asmáticos siguen asfixiándose durante el confinamiento. Aunque el mundo parezca que se acaba mañana, la gente cree en el futuro. Las mujeres necesitan controles prenatales. Los niños en casa también se caen mientras juegan y se quiebran los brazos y las piernas. Los viejos no paran de envejecer y cada día tienen nuevas dolencias. La pandemia parece que detiene el mundo, pero el mundo sigue adelante y las enfermedades no saben de colapsos en el sistema sanitario ni les interesa cuántas unidades de cuidados intensivos tiene un hospital. El virus está entre vivo y muerto, así como el sistema de salud colombiano que agoniza, pero trata de evitar una crisis peor –si es que es posible que sea peor– respondiendo a sus pacientes a través de un algoritmo.  

La Universidad de Antioquia define la telemedicina como “uno de los componentes de la telesalud que consiste en la prestación de servicios de atención al paciente utilizando las tecnologías de la información y de la comunicación para el intercambio de información válida para el diagnóstico, tratamiento y prevención de enfermedades y lesiones, la investigación y la evaluación”. Las citas, entonces, se hacen a distancia: a través de llamadas telefónicas o videollamadas. No hay contacto. 

La telemedicina no es un invento de la pandemia. Su historia es tan vieja como la de la telegrafía y la radio. En la actualidad, las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) han sido determinantes para su desarrollo.

 No es un capricho de la ciencia ficción

A raíz del Decreto 749 mediante el cual el Gobierno Nacional ordenó el Aislamiento Preventivo Obligatorio para tratar de aplanar la curva de contagio, pacientes y médicos han dejado los consultorios vacíos y gran parte de las actividades desempeñadas en la presencialidad hoy se realizan de forma virtual.

Juan Ricardo Márquez, en su artículo “Teleconsulta en la pandemia por Coronavirus: desafíos para la telemedicina pos-COVID-19” defiende esta modalidad con cifras contundentes, explica que el Instituto de Coloproctología (ICO) diseñó un programa de teleconsulta junto con la EPS 

SURA apoyado en las tecnologías de la información disponibles a partir del cual se buscaba mantener las actividades propias de la coloproctología –la especialidad de la medicina que diagnostica y trata las enfermedades del colon, recto y ano– y la fisioterapia del piso pélvico para garantizar a los pacientes la atención y el acceso ininterrumpido. Luego de 25 días, se programaron 626 consultas (coloproctología 62% y fisioterapia del piso pélvico 38%) con un porcentaje de ejecución del 94 % y soluciones efectivas del 78%. Según Márquez, estas cifras demuestran que la telemedicina, así como otras actividades basadas en el teletrabajo, llegó para quedarse y trae consigo altos niveles de satisfacción para médicos, pacientes y entidades prestadoras de los servicios de salud. Dice que, en este campo, también, “el mundo nunca será el mismo”.

Pero quedan dudas: ¿Qué pasa con otras especializaciones médicas que necesitan del contacto humano?, ¿Cuántas personas quedan por fuera de este sistema que demanda una conexión estable a Internet?, ¿el mundo está preparado?, ¿realmente una llamada puede reemplazar una cita médica?, ¿Qué pasa con la salud cuando es más importante un teléfono que un fonendoscopio?, ¿Cómo se van a formar los médicos del futuro?, ¿habrá futuro?

Según un comunicado de la OMS del 25 de octubre de 2019, se llevó a cabo un examen sistemático de los datos disponibles sobre las tecnologías digitales y consultas a expertos en el tema para el cuidado de la salud a nivel mundial apoyados en estas nuevas tecnologías.

 Los resultados no son tan alentadores como las cifras del doctor Márquez. De acuerdo con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) hoy, un 56% de los latinoamericanos y caribeños usan Internet –que representa un 36% más que en 2006–. Sin embargo, sólo un 45,5% de los hogares en la región cuentan con conexión de banda ancha, lejos del 86,3% que marcan los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Quizás, apunta el BID, lo más importante es que la brecha urbano-rural aún es uno de los principales reflejos de la inequidad del acceso a Internet en la región, y según un estudio de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el promedio de la brecha digital entre las zonas rurales y urbanas es de un 27% en Latinoamérica.

Además, existe cierta resistencia a la telemedicina, pues se cree que esta no tiene la misma calidad y la atención al usuario es mala. Esta opinión la comparte incluso el mismo personal de salud. Sin embargo, según el artículo “Costo-Beneficio de un Sistema de Telediagnóstico para Hospitales Regionales y Distritales del Paraguay”, que puede servir como ejemplo para desarrollar una investigación similar en Colombia, existen argumentos de costo-beneficio para que un sistema de telediagnóstico sea considerado ventajoso en los países en vías de desarrollo como una herramienta para mejorar la atención de la salud en poblaciones remotas que no tienen acceso a los especialistas. Durante el estudio “se observó una diferencia importante en el coste de diagnóstico remoto en relación con el diagnóstico cara a cara. En el análisis se incorporaron los costos de implantación y mantenimiento de las TIC y los costos de transporte y alimentación para el diagnóstico presencial. La reducción del costo a través del diagnóstico remoto fue de 4,5 veces para los estudios de electrocardiografía, 26,4 veces para tomografía y de 8,3 veces para ecografía, lo que supone un beneficio importante para cada ciudadano del interior del país”, concluye el estudio. 

Se ha perdido una parte esencial en la medicina: el contacto humano. Según la ginecobstetra Mercy Estrada Perea, ha sido complicado y estresante porque ya no existe la posibilidad de realizar los exámenes físicos. Durante las consultas, las pacientes se desesperan y sienten que no las han atendido, una situación que afecta a los médicos que realizan un esfuerzo triple. Y es que es complejo saber el peso, la presión arterial o el pulso a través de una llamada. Por esto deben confiar en que el paciente pueda realizar estos exámenes básicos desde su casa de manera correcta. Si se detecta un signo de alarma durante la consulta, se le asigna al paciente una cita presencial o se remite a emergencias. 

No hay forma de saber si la telemedicina llegó para quedarse si no se hacen estudios nacionales de costo-beneficio, impacto en la salud y capacidades tecnológicas y médicas reales para salvar vidas a distancia. Hasta ahora parece una medida inmediata que obedece a la contingencia. Y si no se instalan las capacidades necesarias para desarrollarla, terminará siendo una barrera más en el acceso a la salud en Latinoamérica, la región más desigual del planeta.

 

Periodista

Diana Karolina Murrillo Duque, cuarto semestre de comunicación social.

Edición 39